martes, 14 de abril de 2009

Décadas después la universidad sigue igual...


Señor rector: En la estrecha cisterna que llamáis pensamiento los rayos del espíritu se pudren como parvas de paja. Basta de juegos de palabras, de artificios de sintaxis, de malabarismos formales; hay que encontrar - ahora - la gran ley del corazón, la Ley que no sea una ley, una prisión, sino una guía para el espíritu perdido en su propio laberinto. Más allá de aquello que la ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los rayos de la razón se quiebran contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las fuerzas del ser, las últimas nervaduras del espíritu. En ese dédalo de murallas movedizas y siempre trasladadas, fuera de todas las formas conocidas de pensamiento, nuestro espíritu se agita espiando sus mas secretos y espontáneos movimientos, esos que tienen un carácter de revelación, ese aire de venido de otras partes, de caído del cielo.

Pero la raza de los profetas se ha extinguido. Europa se cristaliza, se momifica lentamente dentro de las ataduras de sus fronteras, de sus fábricas, de sus tribunales, de sus Universidades. El espíritu "helado" cruje entre las planchas minerales que lo oprimen. Y la culpa es de vuestros sistemas enmohecidos, de vuestra lógica de dos y dos son cuatro; la culpa es de vosotros - Rectores - atrapados en la red de los silogismos. Fabricáis ingenieros, magistrados, médicos a quienes escapan los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas del ser; falsos sabios, ciegos en el más allá, filósofos que pretenden reconstruír el espíritu. El más pequeño acto de creación espontánea constituye un mundo más complejo y más revelador que cualquier sistema metafísico.

Dejadnos, pues, señores; sois tan solo usurpadores. ¿Con qué derecho pretendéis canalizar la inteligencia y extender diplomas de espíritu?

Nada sabéis del espíritu, ignoráis sus más ocultas y esenciales ramificaciones, esas huellas fósiles tan próximas a nuestros propios orígenes, esos rastros que a veces alcanzamos a localizar en los yacimientos más oscuros de nuestro cerebro.

En nombre de vuestra propia lógica, os decimos: la vida apesta, señores. Contemplad por un instante vuestros rostros, y considerad vuestros productos. A través de las cribas de vuestros diplomas, pasa una juventud demacrada, perdida. Sois la plaga de un mundo, Señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza de la humanidad


Antonin Artaud (1896-1948)

lunes, 13 de abril de 2009

Roto u olvidado

Al final todo se rompe o se olvida. Lo segundo es sin duda lo más doloroso por lo que tiene de injusto con quienes no se lo merecen (o sí). Desde el pasado, ese espacio que idealizamos u odiamos no nos llega todo lo sucedido, sino una pequeña, pequeñísima, versión de lo acontecido. Por suerte, si no fuera así nos pasaría como a Funes el memorioso, que lo recordaba todo, hasta el más nimio detalle, desde el sonido de la gota de agua sobre el charco que se formaba en el patio del colegio en el parvulario, hasta el respirar del gato que ronreneaba junto a la abuela; todo, datos, tonos de voz, susurros, lo leído, escuchado o intuido, todo no olvidaba Funes en su trágica existencia. El cerebro usa sus propios mecanismos de defensa y descarte el noventa y nueve por ciento de lo que percibe y en esa autocensura borra aquello o a aquellos que no se lo merecen. Es lo que tiene el amor, el de verdad, el inexplicable y que supera pasiones y orgasmos. Un día el cerebro hace click y deja atrás el amor, el de verdad, el que supera por sí solo el paso del tiempo y los errores. Adiós, se murió. Y no hay tiempo ni modo de resusitarlo. Amigo, ya sea allá o acá, cuando el cable, la línea, se cruza es complicado volver atrás con cierto tino. Quedará lo muy bueno y lo muy malo, pero lo que sustentabe el amor, el de verdad, quedará en el olvido. Romper es otra cosa.

martes, 7 de abril de 2009

Troyanos en la brecha

Con el paso del tiempo aquello que comenzó como una distracción, como una aventura, se ha terminado por transformar en una pasión, en un argumento de futuro. Con los troyanos y aledaños estamos contruyendo no sólo un sendero cultural, sino una amistad a veces dejada en un segundo plano. Los troyanos, unos más que otros, son parte de la familia de los amigos. Son ya casi catorce años y aún no nos conocemos del todo, pero a cada proyecto, a cada 'locura' que emprendemos me satisface más haber dejado atrás la estupidez que un día me llevó a la distancia. Ahora, no me imagino sin ellos y nuestras locuras, llenas de ilusión y trabajo, mucho trabajo, más del que se creen quienes nos ven como un simple grupo de amigos haciendo algo que les gusta.

Ahora, en medio de una crisis de voluntades en la cultura de las Islas, seguimos apostando (y muchos por nostros, gracias) por hacer del teatro una vía para la cultura, para el conocimeinto, tanto de los que participan en su creación -valientes ellos- como del público. Vienen meses intensos donde, de nuevo, nos subiremos a los escenarios (o a cualquier esquina, tanto nos da) para seguir siendo troyanos.

lunes, 6 de abril de 2009

Indecisión

Entre dos tierras decía una canción, pero la expresión más habitual para expresar indecisión ante cualquier disyuntiva es "estar entre dos aguas". Así están en estos momentos algunos a los que quiero aunque hiciera tiempo que no los trataba. En realidad, creo que hay un océano en medio de ellos pero, a veces, la realidad supera ficciones y ese jardín de senderos que se birfurcan (Borges, dixit) que es la vida siempre nos puede sorprender.
Ahora, allá, no sé lo que pasa, espero que a la vuelta los tiempos pasados sigan siendo peores y que, por enésima vez, no nos separe el conformismo del ayer y sus historias..

miércoles, 1 de abril de 2009

Da igual el lado de la línea


En demasidas ocasiones pensamos que al otro lado -el de allá o el de acá, qué más da- de una línea las cosas se verán de maneras diferentes, cuando en realidad la vista no cambia. Eso pasa en la cosa. Desde el lado oscuro todo es igual o peor que en el lado "de la fuerza". Es más, descubres más miserias de compañeros, menos profesionalidad y una pérdida absoluta de la inocencia de los inicios. Hasta aquellos a los que admirabas se autoderrumban ante, de nuevo, miserias.