Hace años, como a tantos otros, me fascinó Rayuela aunque en su primera lectura se me perdieron cosas, no entendí otras y recurría aldiccionario demasiadas veces para darme cuenta de que el cronopio argentino estaba jugando con el lector, conmigo. La he leído dos o tres veces más y en cada una de ellas he desciubierto algo nuevo. Fue a la tercera cuando decidí leer el prólogo explicativo de la edición de Cátedra. Lo dejé a la mitad. Me estaban contando en aquel texto algo sobre un libro que no era el que yo había leído y que me disponía a hacerlo de nuevo. Mi libro era otro. La opinión del introductor o prologuista sería muy académica pero a mí me parecían disparates sobre lo que Cortázar pretendía decir aquí o allí. Ese señor no lo sabía, pero es que Cortázar ya había conversado conmigo, me había dicho un sinfín de cosas con su novela y, por suerte, me lo seguirá diciendo cada vez que abra el tocho de Rayuela y, por supuesto, acepte su invitación a empujar la piedrita de la tierra al cielo.Por cierto, siempre reuerdo que fue el periodista Juan Cruz el que me llevó hasta Rayuela. En una de esas publicaciones efímeras de la Universidad de La Laguna (lujosamente editadas y que acaban casi siempre en las papeleras de los campus) el portuense señalaba que lo que más recordaba de su paso por la Universidad lagunera eran los amigos y las tardes "perdidas" leyendo Rayuela en su habitación del colegio mayor San Fernando. Me picó, y mucho, la curiosidad. Años después me dedicó un libro suyo escribiendo, tras conocer la anécdota, unas palabras de recuerdo a ese "aire" del pasado que siempre le trae la rayuela.
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